Conozca el Donut: una revolución en el pensamiento económico sobre la desigualdad

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y este es el estado de la humanidad en una sola imagen. Es el “Donut” o gráfico de anillos de los límites sociales y planetarios, y podría convertirse en la brújula que necesitamos para crear un siglo XXI más justo y seguro.

Imagen: Kate Raworth y Christian Guthier/The Lancet Planetary Health

El agujero en el centro del Donut revela la proporción de personas en el mundo que no cuentan con los recursos esenciales para la vida, como alimentos, agua, atención de la salud y libertad de expresión. Una gran parte del desafío de la humanidad es sacar a todos de ese agujero. Al mismo tiempo, sin embargo, no podemos permitirnos superar la corteza externa del Donut si queremos salvaguardar los sistemas vitales de la Tierra, como un clima estable, océanos saludables y una capa protectora de ozono, de los que depende fundamentalmente todo nuestro bienestar.

Espacio justo y seguro

Si entrar en el espacio justo y seguro para la humanidad del Donut entre estos límites sociales y planetarios es la meta de la humanidad del siglo XXI, tenemos, sin lugar a dudas, un arduo trabajo por delante. Muchos millones de personas todavía carecen de lo esencial para vivir; las azota el hambres, son analfabetos, y sufren de inseguridad y falta de libertad de expresión. Al mismo tiempo, la presión que ejerce toda la humanidad en el planeta ya ha sobrepasado al menos cuatro límites planetarios: el cambio climático, la conversión del uso de la tierra, el uso de fertilizantes y la pérdida de biodiversidad.

En otras palabras, la economía mundial de hoy en día causa grandes divisiones, con desigualdades extremas; y también destruye el mundo viviente del que todo depende.

¿Qué pensamiento económico puede darnos al menos la mitad de las posibilidades de revertir esta situación? Esta es la pregunta central de mi libro Economía Donut: Siete formas de pensar como un economista del siglo XXI, y aquí me concentraré en solo una de las siete maneras posibles: una revolución en el pensamiento económico sobre la desigualdad.

Progreso para todos

La desigualdad parece haberse convertido en el tema de nuestro tiempo, aunque hace apenas una década fue amablemente excluida de la agenda. Gracias a los últimos 10 años de análisis, que incluyen El nivel del espíritu, de Wilkinson y Pickett, los cálculos del millonario anual de Oxfam y El capital en el siglo XXI de Piketty, combinados con el extraordinario auge del 1%, la promesa de abordar la desigualdad ahora aparece muy alta en la lista de todos los políticos. Todos los días se nos ofrece “crecimiento inclusivo” y “una economía que funciona para todos”. Pero, ¿qué tipo de mentalidad económica puede ayudar a lograr estas metas?

Ciertamente, no el pensamiento del siglo XX sobre la desigualdad, que fue regido por una engañosa ley económica de movilidad. Y el creador accidental de la ley, Simon Kuznets, sería el primero en desacreditar la narrativa política que se ha construido con el respaldo de sus teorías, utilizadas para justificar la economía del chorreo y la política de austeridad desde entonces.

En 1955, Kuznets reunió datos históricos dispersos sobre la distribución del ingreso en Estados Unidos, el Reino Unido y Alemania, y creyó ver un patrón: a medida que las economías crecen, el ingreso se concentra al principio y luego se revierte la tendencia. El trazo en una página se asemejaba a una U invertida.

La Curva de Kuznets sugiere que a medida que los países se enriquecen, la desigualdad crece y, con el desarrollo posterior, vuelve a ser igualitario y dicha desigualdad se nivela.

Kuznets fue el primero en reconocer que este hallazgo iba en contra de su intuición: dada la dinámica de la acumulación de capital, esperaba que los ricos se volvieran más ricos, no que los pobres se nivelaran. Por lo tanto, ofreció una explicación tentativa basada en el proceso de la migración de la población de rural a urbana, una hipótesis para la cual más tarde admitió que no tenía “ninguna evidencia”. Incluso admitió abiertamente que su conclusión se basaba en “un 5 por ciento de información empírica y un 95 por ciento de especulaciones, algunas de ellas posiblemente contaminadas por ilusiones”, añadiendo más tarde que no debería utilizarse para hacer “generalizaciones dogmáticas injustificadas”.

Suficiente de especulaciones de Kuznets. El mensaje subyacente, que la creciente desigualdad es una etapa inevitable en el camino hacia el éxito económico para todos, era una historia demasiado buena como para ponerla en duda, y la Curva de Kuznets se enseñó a los estudiantes durante los siguientes 50 años. Es importante porque transmite un poderoso mensaje sin palabras: si quiere el progreso, la desigualdad es inevitable. Tiene que empeorar antes de mejorar y el crecimiento (eventualmente) lo logrará.

Entonces, ¿qué nuevo paradigma puede reemplazar este mito anticuado y el grafiti intelectual que lo acompaña? La mejor manera de desplazar una vieja imagen es crear una nueva, así que empecemos con una imagen del siglo XXI apta para abordar la desigualdad: una red de flujos.

Una red de flujos: estructurar una economía como una red distribuida puede distribuir de manera más equitativa los ingresos y la riqueza entre todos los que ayudan a generarla.

Distributiva por diseño

Para transformar las economías divisivas de hoy en día, necesitamos crear economías que sean distributivas por diseño, que compartan el valor de manera mucho más equitativa entre todos aquellos que ayudan a generarlo. Y gracias a la aparición de las tecnologías de red, especialmente las comunicaciones digitales y la generación de energía renovable, tenemos muchas más posibilidades de hacer que esto suceda que las generaciones anteriores.

A medida que lo hacemos, también debemos profundizar la ambición del plan de redistribución. En el siglo XX, las políticas de redistribución se centraron principalmente en la redistribución de los ingresos, con el aumento de los impuestos y las transferencias, y la aplicación de los salarios mínimos; además de las inversiones en los servicios públicos clave, como la salud y la educación. Todos son esenciales, pero aún no llegan a la raíz de las desigualdades económicas porque se centran en el ingreso, no en las fuentes de riqueza que lo generan.

En lugar de centrarse principalmente en los ingresos, los economistas del siglo XXI deberán encontrar la forma de redistribuir también las fuentes de riqueza, en especial la riqueza que surge del control de la tierra y los recursos

En lugar de centrarse principalmente en los ingresos, los economistas del siglo XXI deberán encontrar la forma de redistribuir también las fuentes de riqueza, en especial la riqueza que surge del control de la tierra y los recursos, del control de la creación de dinero, y de la propiedad de las empresas, la tecnología y el conocimiento. En lugar de dirigirse únicamente al mercado y al estado para encontrar soluciones, deberán aprovechar el poder de los bienes comunes para que esto suceda. Estas son algunas de las preguntas que los economistas del siglo XXI ya abordan para ayudar a crear una economía con diseño distributivo:

Tierra y recursos: ¿cómo se puede distribuir de manera más equitativa el valor natural de la Tierra? ¿Mediante una reforma agraria, impuestos sobre el valor de la tierra, la recuperación de la tierra como un bien común? ¿Y cómo podría la comprensión de que la atmósfera y los océanos de nuestro planeta son bienes comunes mundiales distribuir mejor los beneficios globales para su uso sostenible?

Creación de dinero: ¿por qué otorgarle a los bancos comerciales el derecho de crear dinero a través de los intereses generados por las deudas y permitir que utilicen la renta que estos producen? El dinero podría alternativamente ser creado por el estado o incluso por las comunidades como monedas alternativas: es tiempo de crear un ecosistema monetario que pueda cumplir con este potencial de distribución.

Empresas: ¿qué modelos de negocios, tales como cooperativas y empresas propiedad de los empleados, pueden garantizar mejor que los trabajadores comprometidos, en lugar de los accionistas volátiles, obtengan una participación mucho más grande del valor que ayudan a generar?

Conocimiento: ¿cómo puede liberarse internacionalmente el potencial de los bienes comunes creativos a través de hardware y software de fuentes abiertas gratuitas, y el auge de las licencias de los bienes comunes creativos?

Tecnología: ¿quién será el propietario de los robots, y por qué debería ser así? Considerando que gran parte de la investigación básica de la automatización y la digitalización se ha hecho con fondos públicos, ¿no debería una parte de la recompensa volver al bolsillo del público?

Si nos hiciéramos cargo de estas preguntas sobre diseño distributivo, nos daríamos una oportunidad mucho mayor de abordar la desigualdad, y de prosperar en el espacio seguro y justo del Donut de este siglo. Y este es, nada más ni nada menos, el desafío de nuestra generación.

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