Los Gobelinos: La lavandería “sin patrones»

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«Funciona hace 56 años en el mismo lugar. La alberga una hermosa casa patrimonial, en la esquina de avenida Don Bosco con calle Freire. En ella todavía se lava a mano, las manchas se quitan gratis, pero, sobre todo, representa un símbolo de la lucha dada por sus actuales dueños por conservar su empleo y conformar una especie de cooperativa, sin jerarquías y mismos sueldos, pues allí, en el trabajo, todos son iguales»



Para contar la historia de la lavandería Los Gobelinos hay que remontarse varias décadas. Luis Mora era apenas un niño cuando tocó por primera vez la puerta de la imponente casona esquina de la avenida Don Bosco con calle Freire, de una cuadra de extensión y de numerosos ventanales.

Su empeño por querer trabajar en aquel lugar lo llevó varias veces a insistir ofreciendo sus servicios. Era 1970, y tenía 15 años cuando lo recibió el dueño de la lavandería, Rigoberto Valdés. “Cuando fui a pedir pega no me quería dar, encontraba que era muy cabro, tenía 15 años…así es que me pidió que fuera donde mi mamá y trajera una carta de autorización…y así lo hice. No se arrepintió nunca de darme trabajo porque me convertí en su brazo derecho”. Luis recuerda aquellos años con nostalgia y alegría. Por aquel entonces en Los Gobelinos trabajaban entre 25 y 30 personas en las tres lavanderías de propiedad de Rigoberto Valdés en la capital regional.

Luis aprendió muy bien el oficio y se ganó la confianza de quien aún llama “patrón”. “Fue una relación muy especial, nos teníamos mucha estima, de hecho don Rigoberto fue mi padrino de matrimonio. No tengo nada que decir de él. Siempre fue un muy buen patrón”.

La casa esquina

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La lavandería Los Gobelinos desde su inicio, en 1960, ha estado en la casa de avenida Don Bosco, frente a los curas Salesianos. Los mismos que se asombraron alguna vez al ver volando por sus dependencias cientos de plumas de un cobertor que debía ser lavado en la lavandería. Luis se ríe y recuerda aquél tragicómico episodio: “Resulta que trajeron un cobertor de pluma para lavar, pero al parecer había una parte que estaba un tanto descocida. Pero eso no lo supimos hasta después. De repente voy a ver la lavadora, y veo por la ventanilla que estaba lleno de plumas dando vueltas. Entonces mi compañero fue y abrió el tubo de la ventilación de la máquina, y que justo daba para los curas. Cuando salí  a la calle, vi que por el tubo iban saliendo todas las plumas por los aires, y yo le decía a mi compañero, ¡Ciérrala, ciérrala!, pero no me entendía”. Luis recuerda que recogieron las plumas una por una, las que más pudieron, y cocieron el cuadradito de tela que se había roto. Reconoce que aquella parte del cobertor quedó más escuálida, pero todo pasó inadvertido, para su suerte, el cliente nunca lo notó.

Ésa es sólo una de las anécdotas que esconde esta casa, una que pasó a manos de Rigoberto Valdés por esas cosas del destino. Un compañero de su colegio era el dueño, pero al parecer una enfermedad lo llevó a vivir a Santiago y le encargó administrar la propiedad. Fue así como luego se instalaría la casa matriz de la lavandería en la admirada casa esquina penquista.

Muchos ignoran aún lo que acontece en este inmueble. Observada desde fuera da la impresión que está abandonada o que es una casa okupa. Pero asomando bastante la cabeza por los pequeños ventanales cuadrados, se puede ver el tránsito de personas, entre perchas y tubos que adornan las paredes. Se ve alguno que otro vidrio roto y con la fachada mal tenida, pero que en su conjunto irrumpe a la vista como una hermosa casa triangular en celeste.

Desde aquí, sale cada día un carro triciclo con ropa conducido por un compañero de Luis rumbo a la galería Giacaman, lugar donde funciona una pequeña sucursal que recibe y entrega prendas en el centro. Allí se zurce la ropa, pero no se lava. Eso se hace en la casa de Don Bosco.

La resistencia a desaparecer

Cuenta Luis Mora que después de la muerte de “don Rigoberto” se hizo cargo del negocio una de sus hijas, que de pequeña jugaba siempre a esconderse en las máquinas. Según relata, los hijos de su antiguo patrón no estaban muy familiarizados con el oficio y, por lo mismo, no tenían mucho interés en mantener el negocio. Es más, pretendían venderlo y repartir las partes entre los hermanos. Fue ahí cuando comenzó a rondar fuerte entre los trabajadores la idea de que la lavandería podía ser traspasada a los empleados. Ellos querían mantener su empleo, ya habían pasado bastantes años y de aquellas veinte y tantas personas que laboraban en un comienzo, sólo quedaban cinco. Por eso decidieron dar la batalla.

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En varias ocasiones plantearon la idea, pero no recibieron una respuesta positiva. Más tarde, los hijos y dueños de la lavandería deciden venderla a “los contadores”. Para Luis y sus compañeros este fue un mal periodo. “Había mucho desorden administrativo, nunca había plata, no pagaban a tiempo, fue muy mal manejado el negocio”. Los cinco trabajadores insistieron en el traspaso, pero tampoco los contadores accedieron. Eso, hasta que vino el terremoto del 27 de febrero de 2010.

El terremoto les dejó muy mal. Cuentan que no tenían plata ni para detergente. Pero de pronto apareció un cliente con un alto volumen de ropa, y tuvo la deferencia de pagarles los 50 mil pesos que cobraban por adelantado. Con ese dinero partieron a comprar lo que necesitaban para lavar y así se pusieron de pie después de la catástrofe que dejó a medio Concepción en el suelo.

La casa antigua sufrió bastantes daños estructurales; al deterioro por el paso del tiempo, se sumaron roturas en todo en el tejado. A los días siguientes del terremoto, “los contadores” decidieron rematar la lavandería. “Recuerdo que tomaron toda la ropa, todo lo que había limpio y se lo llevaron a una oficina y ahí la empezaron a entregar a los clientes, y nos dejaron sin nada. En el local del centro también. La idea de ellos era rematar todas las maquinarias y se acogieron a una norma que estipulaba que por los daños que había sufrido el inmueble, no se podía pagar a los trabajadores sus años de servicio. Ni siquiera tenían plata para pagar el mes de febrero de 2010. Ahí vino la gran pelea”. Incluso llegaron un día los carabineros, pero ellos les explicaron que la lavandería estaba en litigio.

Tras muchas conversaciones, los empleados les ofrecieron el no pago de los años de servicio (Luis llevaba 40 años de trabajo), a cambio de que les traspasaran todas las máquinas y por ende, la lavandería. Los dueños accedieron y firmaron en la notaría el ansiado traspaso. Fue así como en abril del 2010 Los Gobelinos se transformó en una empresa “sin patrones”. Y vino la organización. Decidieron que los dueños serían los mismos trabajadores, en partes iguales. Ya no había un jefe y tampoco jerarquía. Todos tenían el mismo sueldo y cada uno asumió sus labores sin ninguna complicación. Desde aquel momento fueron más felices, habían alcanzado su sueño de tantos años. Luis cuenta que eso lo lograron, en gran parte, gracias a la asesoría de uno de sus clientes habituales, un abogado que les aconsejó qué medidas tomar y todo resultó.

La lavandería por dentro
la mampara seguida por una puerta acristalada. Lo primero que se ve es un mesón extenso, un living vintage bajito, más atrás un colgador con ropa y, al final, una gigantesca máquina alemana de lavado en seco. Tras tocar el timbre aparece Luis Mora con una gran sonrisa y con grandes ojos azules. Saluda cariñoso, aquí se habla de la vida, se echan unas risas y después se recibe la ropa. Eso en la entrada. Lo que sigue es un hermoso paisaje caótico y fascinante que sorprende por la sencillez del lugar y por lo rudimentario de los artefactos. Las paredes están adornadas por los tubos de lavadoras eléctricas, se ven boletas antiguas pinchadas con un clavo en el marco de una puerta. La forma de la casa hace que ésta sea una de las áreas más estrechas de la construcción. El paso se abre entre perchas y el suelo es viejo, a ratos sin cerámica y con grietas. En este sector se quitan las manchas. Se trabaja sobre una especie de mesa caballete. Una maquinita lanza aire mediante un tubo fino que se aplica a la tela. También se ve un frasquito con una especie de pócima mágica capaz de terminar con la más rebelde mancha, y que se aplica con un cepillo de dientes.

Más adentro hay otra habitación. Allí está Nancy Rodríguez, quien plancha con unas prensas muy antiguas. Es la habitación del vapor. El calor es más evidente y no es una tarea fácil. Nancy lleva muchos años trabajando aquí. Antes lo hacía junto a su marido, Salomé Toro, el “Salo”, un hombre risueño, muy alegre, solidario, trabajador, el mismo que le enseñó a planchar como ninguna. Al “Salo” lo apodaban “el quita manchas”, porque no había mancha que se le resistiera, decía él. Hoy su recuerdo está muy presente, aún parece deambular entre las camisas, los pijamas y las sábanas colgadas. Una enfermedad degenerativa hizo que su salud se deteriorara muy rápido, dejando a su mujer y a sus compañeros el 29 de enero de este año. Su presencia es irremplazable. Lo extrañan mucho. Luis se emociona al hablar de su amigo, su compañero durante tres décadas. “Estabamos muy afiatados, siempre estaba muy alegre. El “Salo” llegó de Lumaco a trabajar acá, a los 22 años de edad. Yo le enseñé todo el oficio. Ahora quedamos sólo cuatro”: el mismo Luis, Nancy, Salvador y Ema, esposa de Luis, quien va algunos días a ayudarles.

Seguimos avanzando y nos topamos con una gran caldera que funciona con aserrín. Cumple la función de abastecer con vapor de agua a las planchas y otras herramientas. El aire caliente que emana desde su interior es perfecto para secar la ropa que se cuelga en unos tubos cercanos al cielo raso. Se sube con todo cuidado unos dos metros y medio y allí se engancha hasta que esté seca. Al mirar hacia arriba se ve el cielo azul entrar por un gran forado. En invierno, se cuela el frío y la lluvia y, a veces, la ropa se moja.

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Justo en frente de esta caldera hay otras habitaciones. Una canción de la nueva ola suena en la antigua radio Konic. Entre chirridos de lavadoras y centrifugas, vemos a Salvador Sáez. Él llegó a la lavandería el 3 de marzo de 1990. Salvador escobilla a mano, restriega un jeans tendido sobre una pila de piedra. Aquí aún se lava a mano. Es como sufrir una regresión. El agua vertida por un balde cubre la superficie, y comienza la limpieza. Pero por qué aún se lava a mano en Los Gobelinos si existen lavadoras medianamente modernas. Luis responde: “Simplemente porque es mejor”. Hay prendas que llegan muy sucias y que sólo se pueden limpiar así. Luego se van a las máquinas. Este acto demuestra el gran amor que sienten por el oficio. Un trabajo que se lo toman muy en serio, a pesar de la anécdota que aparece súbitamente en la memoria de Luis. Cuenta que las Hermanitas de los Pobres llevaban la ropa de los abuelitos del hogar. Ellos les lavaban la ropa y no les cobraban nada. Un día cometieron un gran error. “Uno de mis compañeros recibió una chaqueta que era sintética y la puso en la máquina, pero ésta para lavarla sólo a mano con agua. Esa chaqueta quedó tiesa. Si usted la ponía en el suelo quedaba parada (risas). Cuando vinieron las monjitas a buscar yo nunca la pude doblar. La doblaba y se me volvía para atrás. Yo me acuerdo que todos mis compañeros estaban detrás mirando, y me mandaron a mí a entregarla y estaban muertos de la risa. Sabe madre, le dije, esta prenda quedó un poquito tiesa. Y la madre me dijo ‘no importa mijito’”.

Y así continúa esta especie de laberinto de historias que desemboca en un patio interior muy pequeño, de no más de cinco metros cuadrados. Allí se lavan las alfombras, con escobillón y jabón, una y otra vez. Más tarde el sol hará su trabajo final.

Así transcurre la vida en Los Gobelinos, un lugar que recibe a clientes fieles, a los hijos y hoy a los nietos. Un lugar que simboliza la resistencia al tiempo, a los malls, a la modernidad, al mercado. Un lugar en el que las personas son lo más importante y donde se ríe mucho. Una lavandería sin Red Compra y donde quitar una mancha sale gratis. Un espacio donde se cobra lo justo, se almuerza en familia, con horarios variables y con compañeros que se cubren las espaldas ante trámites y emergencias. Una lavandería que paga 100 mil pesos de arriendo gracias al cariño y a la consideración de la dueña de la propiedad. Entrar en Los Gobelinos es conocer el patrimonio inmaterial, aquel que se ve radiante y limpio a través de los ojos del corazón.

FUENTE: REVISTANOS